El Fenómeno del Niño en la Historia Antigua del Perú

chavin.gif (113888 bytes)En el territorio peruano, la referencia que por ahora parece más remota 10 000 años o más alude a la ocurrencia de un aluvión previo a la ocupación humana en las costas de Ancón, 30 kilómetros al norte de Lima.

Con una datación de entre 10 000 a 7 500 años, la presencia de un molusco de aguas calientes (Donax obesulus) , entre los restos arqueológicos de Anillo, en las proximidades de Ilo, cerca a Moquegua, casi en el extremo sur del Peru, “ha sido citada como una evidencia probable de ocurrencias del fenómeno El Niño”. Y también para este período precerámico, pero esta vez en Asia, ligeramente al sur de Lima, “la espectacular abundancia [de restos del molusco] Argopecten purpuratus parece estar estrechamente relacionada con (...) episodios El Niño fuertes”.

Una vez más en las playas de Ancón hay indicios de otro evento de hace tanto como 4500 años de antigüedad (pre Chavín) , que eventualmente pudo ser el mismo que destruyó y sepultó con una avalancha de lodo el Templo de Punkurí, en Casma, 300 kilómetros al norte Lima, y el primer gran edificio de Cerro Sechín en las inmediaciones.

En el mismo valle del río Casma, la investigadora L.E. Wells ha logrado rastrear indicios de fenómenos de hasta 3 200 años de antigüedad 20.

Para un pasaje menos remoto, el colapso de la Civilización Chavín a la que sin embargo en el texto identificaremos como Imperio Chavín, de hace 2 500 años, la arqueóloga peruana Rebeca Carrión Cachot propuso la que Peter Kaulicke estima una “visión apocalíptica”.

Carrión postula que Chavín colapsó víctima de, entre otros fenómenos naturales, “...

aluviones, cuyas huellas quedan en muchos sitios arqueológicos... [En la costa] se produjeron lluvias torrenciales e inundaciones que asolaron zonas íntegras; valles antes florecientes con densas poblaciones y vida económica próspera fueron sepultados o arrasados por violentos aluviones. Ciertos valles sufrieron más que otros, entre ellos los de Lambayeque, Nepeña y principalmente Casma”.

Chavín, pues, aunque por más razones que sólo las de la naturaleza como veremos más adelante–, habría colapsado en el contexto de un devastador evento océano-atmosférico.

No obstante, según sólidas sospechas, los especialistas de Chavín habían sido precisamente los primeros en empezar a conocer –en los Andes– los “secretos” del fenómeno.

En efecto, la presencia en sus manos de la afamada concha spondylus (o mullu, en quechua) –traída presumiblemente desde las costas de México, Panamá y Colombia, pero también desde las costas de Ecuador, según Jorge Marcos les habría revelado valiosísima información hidro–meteorológica relacionada con el fenómeno. No obstante, como puede colegirse, ello no fue suficiente para que se vieran libres de sus gravísimas acechanzas.

Peter Kaulicke, refiriéndose a la Cultura Vicús (Alto Piura, Piura) habló de la ocurrencia de eventos importantes entre 250-300 dC y 550–600 dC.

Eventualmente el primero habría sido uno de los cuatro o cinco eventos que, según el reputado arqueólogo peruano Walter Alva, habrían afectado el Templo de Sipán, o, mejor –decimos–, a la población mochica de Sipán, en las inmediaciones de Lambayeque.

Puede además suponerse que el segundo habría sido –como advierten Uceda & Canziani – el último de al menos cuatro eventos sucesivos “que afectaron el Templo de la Luna en el valle del Río Moche [...lo...] que habría causado el abandono definitivo del sitio”, o, mejor también decimos, lo que habría marcado el inicio del colapso de la Cultura Moche.

En la primera edición de Los abismos del cóndor nos habíamos preguntado: “¿Fue Tiahuanaco la resultante de una larga, espléndida e inusual centuria de bonanza agrícola y pecuaria”, que sólo podría explicarse por una sustancial alteración de las condiciones hidro climatológicas? ¿Y cómo explicar su también enigmático colapso? Como bien se sabe ahora, el anormal calentamiento de las aguas costeras del norte peruano, al propio tiempo que genera inundaciones en esa parte del territorio, da lugar a sequías en el Altiplano. Josyane Ronchail, por ejemplo, refiere que en el Altiplano boliviano “se verifica un déficit promedio de 30% [de lluvias] de enero a abril” en siete de ocho eventos El Niño.

Pero mucho más grave que ese déficit promedio de lluvias fue el que produjo el evento 1982 83 en Puno, en el lado peruano del lago. Allí en efecto, los promedios de precipitación de diciembre a febrero de los años “normales” (346 mm) , se redujeron a sólo el 32 % (114 mm) . Fue la peor sequía de Puno en 50 años: se perdió el 93 % de la cosecha de papa y el 80 % de las cosechas de cebada y quinua, resultando afectada el 95 % de la población. Una hecatombe.

Pero tanto o más grave es la conclusión que puede extraerse de los datos de precipitación en Copacabana (al borde del Titicaca) que proporcionan la propia J. Ronchail y R. Maldonado & S. Calle: entre 1972 y 1992 se viene registrando una notable tendencia decreciente de lluvias. Esto es, directamente influido por el fenómeno océanico, y probablemente también por otros factores locales aún no precisados, el Altiplano estaría atravesando por un largo y cada vez más grave período de sequía. ¿Advierte la actual larga crisis que el Altiplano estaría atravesando por un “mega–evento” como aquellos de los que se ha hablado líneas arriba? En todo caso, directamente relacionada con el fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur, y eventualmente también con fenómenos atmosféricos focalizados en el Altiplano, la más remota crisis de prolongadas sequías –de las que se tiene conocimiento hoy–, habría ocurrido en torno a los años 700 dC. Y otras, quizá tanto o más graves, habrían ocurrido en el período 1200 – 1300 dC, así como en torno a 1800 dC –según da cuenta el historiador arequipeño Eloy Linares Málaga.

Coherentemente entonces, es lógico asumir que en el Altiplano se hayan dado también grandes y prolongados eventos de naturaleza opuesta: de excepcionales lluvias generosas.

Y que hayan sido precisamente éstos los que expliquen la extraordinaria e insólita capacidad de generación de riqueza de la que hizo gala Tiahuanaco, sobre ese altísimo, frío y poco hospitalario paraje del planeta. Sin duda aún no se puede dar respuestas categóricas.

Pero los indicios en pro de la hipótesis cada vez asoman con mayor nitidez.

Es precisamente, por ejemplo, el caso de los resultados de investigaciones realizadas en los hielos de los nevados Quelcaya y Macusani de Puno. En ellos –según refiere Linares Málaga–, no sólo se ha encontrado evidencias de los períodos de sequía citados en el párrafo precedente, sino, lo que es muchísimo más importante, evidencias claras de “períodos de grandes lluvias en los años 650 y 800 dC”, donde este último coincide, precisamente y no por simple casualidad, con el esplendor de Tiahuanaco.

Dichos fenómenos se repitieron posteriormente en 1610, cuando ya el Altiplano formaba parte de la conquista española, y mal pudo la nación kolla sacar partido del fenómeno. Y en 1900, durante el período republicano, cuando el acusado centralismo del Perú en torno a Lima impidió a los pueblos del Altiplano, una vez más, sacar alguna ventaja de tan excepcional y ventajosa situación.

Revisando la historia del fenómeno océano –atmosférico del Pacífico Sur, hemos venido acercándanos paulatinamente en el tiempo. Estamos ya a las puertas del surgimiento del segundo gran imperio de los Andes: Wari, con sede en la zona surcordillerana del territorio peruano y protagonizado por la nación chanka. Siendo un período bastante más reciente, 800–900 dC, aproximadamente, deberíamos pues contar con más evidencias del impacto de la naturaleza en los pueblos andinos de ese tiempo.

Nada por ahora sugiere directamente que el surgimiento del Imperio Wari y su expansión –como seguimos suponiendo para el caso de Tiahuanaco– tuvieran algo que ver con el clima y en general con la naturaleza.

Mas la existencia de depósitos y graneros en Ñawinpuquio –la primera gran ciudad chanka, inmediatamente anterior al asalto imperial del territorio andino– nos advierte de la existencia de una producción excedentaria, fruto de lluvias generosas. Pero también de las reservas que se tomaba en relación con los ya conocidos e intermitentes períodos de sequía. Eran –en el lenguaje de los primeros cronistas que vieron ese tipo de edificaciones–, las precauciones en los períodos de “hartura”, para cubrir la escacez de los períodos de “esterilidad”.

Hay sin embargo como veremos bastante más adelante, otras razones como para suponer que la naturaleza habría jugado un papel decisivo en el surgimiento del segundo gran imperio andino. Tanto porque habría beneficiado directamente a sus protagonistas, como pueblo tipicamente cordillerano, como inundaciones a los territorios costeños que luego fácilmente conquistó.

Durante la dominación Wari, que incluyó prácticamente toda la costa norte, un evento de grandes proporciones habría afectado gravemente el Alto Piura –según refiere Kaulicke. Habría sido el mismo fenómeno que según propusieron Nials y otros, bautizándolo además como “Chimu flood” (El Niño de Chimú) dio origen a una “enorme inundación ocurrida alrededor del año 1100 dC” en Trujillo 35.

Si así fue exactamente, es obvio que no sólo afectó pues a los dominados, sino también a los dominadores. No sólo porque la crisis político social que se habría desatado habría sido enorme. Sino porque dejaba al poder imperial sin su más importante fuente de generación de riquezas: los valles de Moche, Chicama y Reque. Ése, quizá, fue el inicio del fin de Wari.

Directamente relacionado en el tiempo con el colapso del Imperio Wari, está el “mega evento” de sequía –citado párrafos arriba–, registrado en el Altiplano en el período 1200–1300 dC. ¿Alcanzó a afectar a los territorios inka y chanka? Aún no se sabe.

Pero sí se ha encontrado evidencias arqueológicas de que, cronológicamente en torno a la caída de Wari, se produjo en el territorio ayacuchano una gran sequía.

Y –según sabemos hoy–, el fenómeno fue muy probablemente panandino, desde que puede presumirse que fue de dimensiones planetarias. En efecto, se sabe con certeza que desde 1230–1240 dC Europa atravesó por graves crisis climáticas que desembocaron hacia 1270 dC en una “pequeña edad glacial” con obvio decrecimiento de lluvias y desertificación, agregamos. Y como resultado de la cual la tasa de crecimiento de la población europea descendió de 27,1 a 19,7 % por siglo.

Aún no está del todo claro si el evento de 1100 dC que afectó Trujillo, es el mismo que bautizado como El Niño de Naylamp (“Naylamp flood”) por Craig & Shimada inundó también Batán Grande, a 30 kilómetros al este de Lambayeque. O si El Niño de Naylamp fue el que ocurrió alrededor de 1330 dC.

Definir con precisión la fecha de ocurrencia de este último evento y el ámbito geográfico que afectó, podrían contribuir a explicar el proceso de expansión imperial chimú. Bien podría haber ocurrido postulamos a manera de hipótesis, que afectando sólo a Piura y Lambayeque, El Niño de Naylamp habría sido decisivo para facilitar la expansión imperial chimú hacia los territorios al norte de Trujillo.

Nada se ha dicho del papel que eventualmente desempeñó la naturaleza en el arrollador surgimiento del Imperio Inka, en las primeras décadas del siglo XV. Sólo para casi tres décadas después de haberse iniciado el proceso imperial de conquistas, una aislada referencia nos habla de un evento océano –atmosférico alrededor del año 1460 dC, cuando todavía seguía en el poder el Inka Pachacútec el primer emperador del Tahuantinsuyo, es decir, casi setenta años antes de que asomaran los primeros conquistadores europeos en las costas del Perú. Desconociéndose la fecha exacta de la conquista de Chimú, eventualmente ese evento habría podido facilitar su caída.

La historia precolombina –hasta hoy conocida– del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur termina con las referencias que proporciona W.H. Quinn sobre eventos ocurridos en 1525–26 y 1531–32. Por azarosa casualidad, los primeros viajes exploratorios de los conquistadores europeos en las costas del Perú en los que capturaron frente a Tumbes a los niños tallanes que habrían de ser sus valiosos intérpretes se realizaron entre uno y otro evento, sin que alcanzaran pues todavía a vivir la experiencia.

Y cuando estaban ya en el viaje que definitivamente los condujo a la conquista de los pueblos del Perú, viniendo de los tórridos climas de Centroamérica, ninguno de los conquistadores pudo percatarse –en la isla de Puná, frente a Guayaquil, en la Navidad de 1531–, que estaban en la plenitud de un gran evento océano atmosférico.

Y cuatro meses más tarde, en abril de 1532, cuando arribaron a Tumbes, seguramente tampoco fueron concientes de que los estragos causados en la agricultura por el fenómeno océano atmosférico y los destrozos que habían causado los ejércitos de Atahualpa, en represalia por la supuesta alianza de los tallanes con Huáscar se habían confabulado para facilitar la conquista de Tumbes y Piura, abriendo así al Viejo Mundo las puertas de los Andes.

Resulta harto evidente, pues, que como bien observan Macharé y Ortlieb, “los datos arqueológicos parecer ser útiles para documentar eventos muy fuertes del fenómeno El Niño (...) cuyo impacto afectó en alto grado el normal desarrollo de las sociedades [del antiguo Perú]”.

Hoy resulta muy claro que mientras más al sur llegan los efectos tanto más grave es el fenómeno. Puede entonces colegirse aunque con cargo a comprobación que aquéllos que impactaron desde Piura a Trujillo habrían sido de magnitud devastadora. ¿Y qué decir como se ha visto de los que afectaron hasta Casma? ¿Y fue aún peor o, como se supone alternativamente, sólo de impacto local, el evento que afectó Nazca, 450 kilómetros al sur de Lima, y sobre el que han reportado Orefici y Grodzicki? En todo caso, y como otros, el colapso de la afamada civilización de las Líneas de Nazca sigue siendo un gran misterio. ¿Y qué decir de aquel otro que llevó especies de aguas calientes hasta Ilo, en el extremo sur de la costa peruana? ¿Habría que denominarlo “híper ENOS”? ¿Puede entonces seguirse afirmando que la de Carrión Cachot es una visión apocalíptica, al cabo de lo que hoy conocemos del fenómeno? Ciertamente no. Menos aún considerando que, con la tecnología de entonces, cuando la inmensa mayoría de las viviendas y demás edificaciones eran exclusivamente de adobe con techaduras poco sólidas y permeables, las poblaciones del Perú antiguo eran inmensamente más vulnerables que hoy.

Sin duda, los que hoy se considera fenómenos “moderados” debieron tener consecuencias devastadoras en el Perú precolombino.

Mal puede extrañar entonces que –como admite Kaulicke–, muchas de las catástrofes aluviónicas, y/o las sequías con las que se alternan, originadas por el fenómeno océano –atmosférico del Pacífico Sur, hayan dado lugar a sustanciales cambios en los cursos de los ríos. Y, consecuentemente, al “abandono” temporal o definitivo que muchos pueblos de la antigüedad se vieron obligados a hacer de su territorio.

Ello permitiría explicar, entre otros, los innumerables casos en la costa peruana de restos arqueológicos en áreas hoy completamente secas y desérticas. Así, por ejemplo, en el extremo occidental de Piura (península de Illescas) , en lo que hoy es el extremadamente seco desierto de Sechura, hasta el siglo XVII existió el cacicazgo de Nonura. Y muchos testimonios arqueológicos insinúan cuán habitado estuvo el que hoy es el habitualmente seco cauce del río Cascajal que atraviesa el desierto.

En general, a estos respectos, la historiografía tradicional lamentablemente ha dejado de explicitar que, durante la mayor parte del tiempo de la historia precolombina, el territorio andino estuvo ocupado por muchos pero demográficamente pequeños y medianos grupos humanos, en igualmente pequeños y medianos valles, que, en presencia de eventos de grandes proporciones, resultaban territorial y demográficamente totalmente asolados, sin que nadie quedara a salvo para acudir en auxilio de los siniestrados.

Sólo cabía la migración forzada de los sobrevivientes.

Las naciones vecinas, con las que por lo general había conflicto, si acaso no habían sufrido los embates de la naturaleza, no estaban precisamente para acudir en ayuda, sino, por el contrario, para capitalizar el drama de las inmediaciones. Ellas eran generalmente las que terminaban expandiendo su territorio ocupando el que acababa de ser abandonado.

De allí que Kaulicke admite que muchos de los territorios precipitadamente desocupados fueron reocupados posteriormente por poblaciones distintas a las originales. ¿Pero quiénes pues, sino fundamentalmente las de la vecindad? En innumerables ocasiones el territorio andino ha sido escenario de esas y otras modalidades de despiadado canibalismo territorial.

Hoy puede sostenerse pues que el larguísimo período que va desde la primera ocupación humana del territorio andino, hasta los primeros triunfos militares de conquistadores europeos, ha estado estrecha y dramáticamente afectado por el fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur.

La intervención de éste en la historia ha sido un factor recurrente e importantísimo, decisivo y trascendental, inmensamente más relevante que cientos de los datos de que está atiborraba la historiografía tradicional.

 

 

 

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